Son las siete de la mañana. Me levanto, me cepillo los dientes y me preparo para salir. Bajo al estacionamiento del dormitorio y me subo a la bicicleta. Pedaleo. El viento fresco de la primavera japonesa me acaricia la cara. Avanzo por las veredas de la ciudad de Suita bajo una lluvia silenciosa de pétalos de sakura en plena floración. Parece que los cerezos nos estuvieran dando la bienvenida al país.
Pero no voy directo a mi destino. Hago una parada en el conbini —abreviación japonesa de convenience store— para desayunar. En Japón es muy común tomar café frío: lo venden embotellado, con una cantidad ridícula de variantes y marcas. Elijo uno y lo acompaño con un meron pan (una especie de bollo dulce que debe su nombre a su forma, no a su sabor).
Termino de comer, subo a la bici y reanudo la marcha. Miro al horizonte y me acuerdo, no sin una pizca de arrepentimiento, de que el camino a la universidad está lleno de subidas. Me espera media hora pedaleando cuesta arriba. Una vez más, me reprocho no haber investigado antes de comprar una bicicleta sin motor. Claro, no por nada este lugar se llama Osaka —“Colina Grande”. Pero no dejo que me moleste. Es buen ejercicio. Y un mejor desafío.
Así arranca un día más partiendo hacia Toyonaka, donde está mi campus. Un día más en Japón.

Después de armar las valijas, despedirme de todos y bancarme un vuelo de unas módicas 36 horas, llegué a Japón el 3 de abril a las siete de la tarde, junto a mis compañeros becarios. Había escuchado no pocas historias de terror sobre viajes eternos, sufridos y caóticos. Fui preparado para lo peor… pero, sorprendentemente, no fue tan terrible. Entre las siestas a medias, las comidas, las películas y las charlas, el vuelo se me hizo bastante llevadero. El verdadero desafío llegó después: estar tantas horas sentado, sin dormir bien, pasa factura. Más allá del temido jet lag, el cuerpo se resiente. Pero la adrenalina de haber llegado pesaba más que cualquier malestar.
Apenas terminamos los trámites migratorios en el aeropuerto, salimos corriendo rumbo al hostel. Literalmente corriendo. El check-in cerraba a las 23:00 y habíamos llegado a las 19:00. Por suerte, llegamos a tiempo… por un minuto. Pero eso no fue todo: sin perder tiempo, salimos a comprar la cena al conbini más cercano, donde probé por primera vez productos cotidianos de Japón. Después de comer, caminamos hasta el Castillo de Osaka, un lugar que siempre había querido visitar.
Lo que más me sorprendió fue el silencio. A pesar de estar en el centro de la ciudad, casi no había gente en la calle. Éramos nosotros y algunos adolescentes japoneses disfrutando la noche. Hacía frío, pero la prolijidad del lugar y la arquitectura me dejaron perplejo. En ese instante, me cayó la ficha: estaba, de verdad, en Japón.
A la mañana siguiente, fuimos a desayunar a una cadena local. Por primera vez, comí pescado al desayuno. Suena raro, pero no es tan grave como parece. De hecho, fue bastante rico. Después, partí hacia la universidad para retirar mi tarjeta de estudiante y, más tarde, hice el check-in en el dormitorio.
El transporte público me dejó sin palabras. A pesar de la cantidad de gente que lo usa cada día, tanto las estaciones como los trenes están impecables. No sólo es que los mantienen bien: hay una conciencia colectiva muy fuerte sobre el cuidado de los espacios compartidos. Ni siquiera hay tachos de basura en la calle, y aun así, no encontrás un solo papel tirado. Lo único que vi fueron algunas latas vacías, pero incluso esas parecían puestas con cuidado, casi como si las hubieran dejado a propósito para quienes viven de recolectarlas.
Otra cosa que noté al instante fue el comportamiento de los conductores. Como peatón, cada vez que me toca cruzar, los autos me ceden el paso sin dudarlo. A veces me freno pensando “ni a palos va a parar”… y el auto para. En Argentina, eso pasa, pero no lo suficiente como para darlo por sentado. Acá, las normas de tránsito se respetan a rajatabla.
Pero todo esto es apenas la superficie. El verdadero choque cultural no está en los trenes, ni en la comida, ni en los paisajes o los inodoros robóticos. El verdadero impacto está en la disposición social de los japoneses. Tienen una sensibilidad social, una atención al detalle y un nivel de respeto que me dejaron completamente atónito. Incluso los intercambios más simples están teñidos de cortesía.
Lo veo en cada rincón: desde cómo te atienden en los negocios hasta cómo se manejan en la universidad. Las clases empezaron el 10 de abril, y tanto mi supervisora académica como mis compañeros de laboratorio y profesores hicieron un esfuerzo genuino por hacerme sentir bienvenido. Siempre que necesito hacer un trámite, me atienden con toda la paciencia del mundo, incluso cuando no tengo del todo claro el procedimiento. Una cosa es saber japonés; otra muy distinta es navegar el mundo de los trámites en Japón.
Todavía estoy en los primeros días de esta experiencia, pero puedo decir con certeza que está siendo netamente positiva. Hablar el idioma ayuda muchísimo, claro. Pero tengo la sensación de que, incluso sin saber japonés, la amabilidad y la predisposición de la gente seguirían estando ahí.
Ahora sólo queda adaptarme a estas nuevas reglas del juego. Y seguir pedaleando cuesta arriba, literal y metafóricamente.

