Entre taikos y wakas: descubriendo Tokio

Hasta la fecha, llevo más de tres meses en el País del Sol Naciente, aunque a mí me parecen años. No es que el tiempo se haya vuelto pesado, sino todo lo contrario: he vivido tantas experiencias en este lapso que ya no percibo esos noventa días como el tramo breve—y a la vez tan extenso—que realmente son.

Apenas llegamos, los becarios recibimos una notificación oficial: cada año se celebra una recepción de bienvenida para todos los beneficiarios del programa MEXT. ¡Genial! ¿El inconveniente? La fiesta es en Tokio. ¿Y por qué se complica? Porque, si no vivís allí, el pasaje lo pagás vos mismo (eso sí, con la misma ayuda económica que el gobierno ya te deposita).

Vivo en Osaka y, después de mudarme solo por primera vez —con la avalancha de gastos que eso implicó—, lo prudente habría sido quedarme en casa por simple responsabilidad financiera. Pero, ¿qué querés que te diga? Sabía que si faltaba me iba a arrepentir: oportunidades así se presentan una sola vez. Aunque no esperaba nada grandioso, el evento tenía su peso simbólico. Decidido, reservé una noche en un hostel y compré pasajes de ida y vuelta en los famosos micros nocturnos japoneses. El shinkansen, pese a la fama, cuesta lo mismo que volar; ese lujo quedará para la próxima.

Pisé la capital nipona el sábado 21 de junio, cerca de las cinco de la mañana. Los rascacielos que custodian la estación de Tokio me dieron la bienvenida. ¿Mi primer acto? Entrar al Lawson más cercano para desayunar. Lawson es una de las tantas cadenas de “conbinis”, esas tiendas abiertas 24/7 donde podés conseguir de todo: comida preparada, bebidas, golosinas, cigarrillos, productos de higiene, pagar facturas, enviar paquetes, imprimir hojas, fotos o stickers, y retirar o depositar efectivo en el cajero, entre otras cosas. Son negocios omnipresentes en Japón, súper prácticos y con una variedad asombrosa: más pequeños que un supermercado, pero infinitamente más completos que un kiosco.

Como la recepción no empezaba hasta el mediodía, decidí matar el tiempo rodeado de verde: me encaminé a los Jardines Orientales del Palacio Imperial de Tokio. La entrada es gratuita y los jardines combinan paisajes hermosos con rincones históricos; un lugar perfecto para un paseo.

Tras recorrer el jardín, reanudé mi peregrinación hacia Odaiba, donde se celebraría la recepción. Antes, me detuve en la famosa cadena Matsunoya para almorzar. Sinceramente, no me pareció gran cosa. En fin, comida es comida.

Una vez en el recinto del evento en Odaiba, entré al edificio. Fue algo impresionante: becarios de todos los rincones del mundo, afiliados a universidades de todo Japón (aunque, claro, la mayoría provenía de instituciones tokiotas). Tras recorrer algunos stands de organizaciones de investigación y conocer a otros becarios hispanohablantes, nos dirigimos a la ceremonia de apertura.

La ceremonia de apertura comenzó con el estruendo deslumbrante de los wadaikos (tambores japoneses).

El evento arrancó con talleres y seminarios impartidos por becarios de mayor antigüedad, miembros de la asociación de becarios MEXT, y culminó con una cena de networking breve pero entretenida. Hasta tuve la oportunidad de participar de un taller de noh, una forma clásica de teatro musical japonés que combina danza, canto, drama y música.


El segundo día lo reservé por completo para pasear; al fin y al cabo, estando en Tokio había ciertos sitios que, sí o sí, debía visitar.

Empecé el día tomando el tren hasta la estación de Harajuku; allí me bajé y caminé rumbo al Templo Meiji Jingu, enclavado en un bosque pleno en el corazón de la ciudad. Después de tanto mar de cemento, fue un placer perderme entre los árboles.

Tras recorrer el sendero arbolado que conduce al santuario, pude participar en las actividades japonesas de rigor: dejar un sobre con mi deseo junto a una ofrenda y tentar la suerte con un omikuji (“rifa divina”). Sin embargo, al ser un templo relativamente nuevo, acá no te leen la fortuna. En cambio, tras ofrecer 100 yenes, extraés un palito de una caja de madera; el número que lleva indica qué cajoncito del altar abrir para tomar un papel. Ese papel no pronostica tu destino: contiene un waka (poema japonés), todos compuestos antaño por el emperador Meiji y la emperatriz Shōken.

Satisfecho con la visita, me encaminé a la Torre Metropolitana de Tokio para capturar vistas desde lo alto. Aunque el Sky Tree sea el mirador más famoso de la ciudad, esta torre ofrece una alternativa gratuita, donde además podés tomar un café y comprar algún souvenir.

Y, por supuesto, el icónico Cruce de Shibuya no podía quedar afuera. Allí me reuní brevemente con una colega becaria; disfrutamos la tarde paseando por el centro hasta que llegó el momento de partir y volver a mi querida Osaka.

El cruce de Shibuya es el más transitado del mundo, con hasta 3000 personas cruzando a la vez.

Y así terminó mi breve escapada a Tokio. Obviamente, me quedaron muchos lugares por recorrer, pero tiempo hay de sobra. Regresé a Osaka agotado, sí, pero con la certeza de que ese viaje valió totalmente la pena. Tokio me regaló rascacielos, poemas imperiales y un cruce que late como un corazón urbano; sobre todo, me recordó que esta beca es mucho más que estudios: es una red de voces y miradas que se entrelazan para empujar fronteras.

Nos vemos en la próxima.