De lunes a viernes, peregrino a la universidad. Sin embargo, que diga “universidad” no ayuda mucho a imaginar en qué punto exacto me encuentro, porque la Universidad de Osaka —en adelante, simplemente Handai, abreviatura de los símbolos de su nombre— es menos un edificio que un país en miniatura.
Quizás exagero. O quizás no tanto. Las universidades de Japón tienen campuses de un tamaño que haría sonrojar a más de un barrio. Handai, por ejemplo, despliega tres campuses distintos, y cada uno parece haberse comido, de una sola vez, a un pueblo entero. Cuando comparto mi asombro ante la inmensidad de este ecosistema académico, la reacción de los japoneses no suele ser de asombro, sino de indulgencia: “Esperá a ver las universidades privadas”, me dicen. Handai es una universidad nacional —lo cual no quiere decir gratuita, sólo más barata—, y se supone que sus campus palidecen frente al lujo de las instituciones privadas. Yo, en cambio, me doy por más que satisfecho.
Es fascinante: un territorio reservado exclusivamente para estudiantes y profesores, con restaurantes, supermercados, plazas, lagos, zonas verdes, edificios colosales, y hasta un sistema de shuttle bus interno, digno de un aeropuerto internacional. A este ecosistema hay que sumarle el océano de bicicletas (y alguna que otra moto) estacionadas por todas partes, como si cada árbol pariera su propio vehículo. Yo dejo la mía en un rincón discreto, frente a un lago melancólico donde las hojas caen sin prisa.
Eso sí: tanta geografía tiene su precio. Para llegar a mi laboratorio, debo atravesar una marea de estudiantes de pregrado. Formar fila en el buffet es una odisea similar: a veces, mientras espero mi almuerzo, no puedo evitar preguntarme si no me equivoqué de cola y estoy a punto de entrar al recital de una idol.

Actualmente, asisto como oyente a seis materias, siguiendo las recomendaciones de mi supervisora. Mi estatus es el de alumno de investigación, una suerte de limbo académico donde uno estudia y se prepara para el examen de ingreso a la maestría. Este estado de tránsito, propio tanto de japoneses como de extranjeros, en mi caso consiste en asistir a clases, estudiar libros, preparar el proyecto de investigación y, no menos importante, ejercitar la escritura de japonés a mano. Porque uno puede hablar japonés con la soltura de un nativo y, sin embargo, ser un analfabeto funcional a la hora de escribir. Hasta los japoneses se olvidan de cómo se escriben ciertas palabras; imaginate un extranjero.
Entre clases, autoestudio y proyectos, paso unas doce horas diarias en la universidad. No me pesa. Antes bien: lo disfruto. La pasión por el estudio —esa forma elegante de la terquedad— es lo que hace llevadero todo esto.
El lunes pasado no tenía clases, pero decidí ir igual. El buffet ofrece comida decente a precio de amigo, y además quería conocer la Biblioteca General. Se trata de un edificio de cuatro pisos, repleto de estudiantes en un silencio tan absoluto que el sonido de una página al pasar parece un escándalo. La cantidad de libros es tan abrumadora que uno siente que, en algún estante olvidado, podría encontrar un ejemplar que no existe en ningún otro lugar del mundo.
Sin embargo, lo que más me llamó la atención no fue la vastedad de su acervo, sino la cantidad de alumnos que aprovechan para dormir. Un libro abierto, una notebook encendida, una postura fingida de estudio… y acto seguido, un sueño reparador. Quizás sea el rigor académico, o quizás Netflix. Ambas hipótesis son plausibles.
Otra rareza local: la gente deja descuidadas sus pertenencias, computadoras incluidas, sin la menor preocupación. En un país donde olvidarte el paraguas en un café equivale a reencontrarlo cinco horas después en el mismo lugar, este gesto de confianza parece lógico. Pero no deja de maravillarme. A mí todavía me cuesta abandonar mi MacBook sobre una mesa como quien deja una bufanda.
El campus está dividido en áreas según disciplinas. Mi edificio, el de Estudios Japoneses, está estratégicamente escondido detrás de un edificio más grande, en donde se dictan las clases de distintos departamentos, incluyendo el mío. Según mi supervisora, cada año hay algún despistado que se pierde intentando encontrarlo. Yo, por mi parte, disfruto esa discreta clandestinidad. Lástima que sólo haya baños en planta baja, aunque, gracias a los heroicos esfuerzos de la profesora asistente del laboratorio, ahora tenemos tachos de basura en el segundo piso. No toda gloria es estruendosa.
¿Laboratorio? Sí. Pero no esperes tubos de ensayo ni estallidos químicos. Nuestro Laboratorio de Lingüística Japonesa tiene una heladera, un microondas, dos impresoras industriales, varias computadoras, y libros, libros, libros. En primavera, las flores de cerezo se cuelan por las ventanas y el laboratorio se convierte en un refugio de paz. A veces reina el silencio; otras veces, las conversaciones giran en torno a lingüística, investigaciones, o a los consejos bienintencionados de los senpai— como llaman en japonés a quien tiene más antigüedad o experiencia que uno.


Tuve, además, una suerte inmensa: caí en un laboratorio lleno de personas cálidas, generosas y, sobre todo, amables en ese arte cada vez más raro que es la conversación sin prisa. Desde el primer día, mis compañeros —o debería decir mis camaradas en esta pequeña república de las letras— me hicieron sentir bienvenido. No hubo silencios incómodos ni gestos de desconfianza: sólo sonrisas, consejos espontáneos, y una curiosidad genuina por saber quién era ese extranjero que venía a investigar una lengua que, paradójicamente, ellos dominaban de cuna.
Sentarme en la mesa común del laboratorio, abrir mi notebook y dejar que la charla fluya sobre lingüística japonesa, investigaciones incipientes o problemas metodológicos, se ha vuelto una de las partes más gratas de mis días. A veces hablamos de los desafíos de nuestro trabajo; otras, compartimos anécdotas sobre los vericuetos del idioma o las diferencias culturales que voy descubriendo. Escuchar sus consejos —que siempre llegan sin pretensiones de maestro, sino con la cordialidad de quien ya caminó un poco más el mismo sendero— es un lujo que no me pasa inadvertido.
Y si de lujos se trata, el carácter de los profesores también merece ser mencionado. A pesar de ser figuras reconocidas en sus respectivos campos, sus maneras son sencillas, hospitalarias, casi familiares. Parecen suscribir a la idea de que el conocimiento no debe levantar muros sino tender puentes.
Sé bien que este no es el caso de todos los laboratorios. He oído historias de colegas becarios que lidian con entornos donde reina el silencio, la distancia o, peor aún, la indiferencia. Saberlo me lleva a valorar aún más lo que me ha tocado: un espacio humano, intelectual y afectivo en el que, aunque no todo sea perfecto —porque nada lo es—, tengo la certeza de que estudiar acá será una experiencia profundamente feliz.
El otro día, explorando sin rumbo fijo un sendero olvidado del campus entre medio de los árboles, me crucé —como suelen encontrarse las cosas que de verdad importan— con una inscripción de piedra donde figura un fragmento del antiguo himno de Handai, de cuando era una secundaria superior y no una universidad. Quisiera cerrar este post compartiéndote una foto de esa inscripción, junto con una humilde traducción que, aunque quizás no le haga justicia al original, espero que logre transmitirte algo de la dignidad sencilla que encierra.

Zenryōka
Ah, el alba ya se acerca.
Ah, el alba ya se acerca.
¡Levantate, amigo mío, hijo de la libertad!
¡Vos, joven de sangre ardiente a los pies del mausoleo imperial!
Tu palabra franca puede barrer los males de esta tierra,
con la voz de los sabios a punto de extinguirse.
Tres años de juventud compartimos,
llamándonos amigos de verdad.
Lloré con tu tristeza,
bailaste con mi alegría.
Ese rubor que sube a nuestras mejillas,
es el latido de la sangre que llevamos dentro.
