Una mudanza, un congreso y una colina

Es 31 de mayo. Nueve y media de la mañana.
Acabo de despedirme del dormitorio y, como quien abandona una etapa, arrastro una valija, un morral de viaje, otro universitario y dos bolsas por las calles tranquilas de Tsukumodai. No hay manera de ocultarlo: lo que llevo pesa, y no solo en kilos. Es la suma de mis pertenencias, pero también la de mis días recientes.

Miro el reloj y acelero el paso.
¿Mi destino? Toyonaka. Más exactamente, mi campus.
Hoy tengo un congreso.
Y sí: hoy también me mudo. Coincidencia poco oportuna, pero inevitable.

Subo al monorraíl en Yamada. Me bajo en Shibahara-Handai-Mae. Y entonces comienza lo más arduo: la colina. Esa cuesta que ya conozco, aunque esta vez, con todo mi equipaje encima. Resoplo. Sigo. Como tantas veces, pero ahora con todo lo mío en el lomo.

¿Por qué no mudarme después del congreso?
Buena pregunta. La respuesta es simple: eficiencia. Mi nuevo hogar está junto al campus. Ir y venir sin sentido era, para mí, un despropósito logístico. Tenía que ser una sola travesía. Lo fue. Llegué tarde, es cierto. Pero no caminé de más. Y eso, para mí, tiene valor.


Durante los primeros dos meses viví en el dormitorio Global Village Tsukumodai, de la Universidad de Osaka. Un edificio nuevo, construido en 2021, con tecnología de punta, personal atento y un calendario de eventos que convertía la convivencia en una experiencia intercultural plena. Probablemente, lo mejor que puede ofrecer una residencia universitaria.

El día de la despedida

Pero el confort se paga.
Cada mes, el costo ascendía a 63.000 yenes, bastante por encima del promedio habitual, que ronda entre los 10.000 y 20.000. Al fin y al cabo, los dormitorios están pensados para compartir y ahorrar.
Aun así, no me arrepiento. Fue una experiencia valiosa y, por cierto, mucho más limpia y organizada que otras alternativas más baratas. No me fui por disgusto, sino porque estaba previsto desde el principio.
Francamente, nunca me ha resultado atractiva la idea de compartir ducha, cocina y baño con desconocidos. Podés pagar el doble o el triple, pero ciertas dinámicas no cambian. Si no te acomoda ese estilo de vida, no hay lujo que lo solucione.


Encontrar el departamento fue, casi milagrosamente, sencillo.
Un día entré sin aviso a la cooperadora de la universidad y, minutos después, ya estaba visitando el que hoy es mi hogar. En Japón, las cooperadoras están integradas en una red común que ofrece recursos invaluables, incluida una inmobiliaria exclusiva para estudiantes. En un país donde a los extranjeros no siempre se les alquila fácilmente —por idioma, por temor a fugas, por pura desconfianza—, esa red lo es todo. Además, actúan como garantes, lo cual es clave.

En Japón, al alquilar, se debe pagar no solo el depósito, sino también un dinero clave (reikin): uno o dos meses de renta que se entregan al propietario como “agradecimiento” por honrarnos con el privilegio de alquilar su propiedad. Desde luego, esa plata no es reembolsable. Por eso, mudarse puede ser costoso. Afortunadamente, la cooperadora prescinde de ese cobro, aunque aplica sus propios honorarios.

Elegí un departamento a pasos del campus. Después de años viajando casi dos horas hasta Retiro para ir a clases, la posibilidad de llegar en cuestión de minutos me parecía un sueño. El edificio es algo antiguo, pero fue renovado, y el precio se mantiene razonable.

Mi nuevo sendero hacia el campus

Los departamentos japoneses son famosos por su compacta precisión.
Mi cocina es mínima, pero suficiente. Cada rincón fue diseñado para cumplir una función concreta, sin espacio sobrante. El baño, como muchos aquí, es un módulo prefabricado que simplemente se inserta en la unidad. Por eso, a menudo todos tienen el mismo.

Una ausencia notable: persianas. Para alguien como yo, a quien la más tenue luz interrumpe el sueño, esto fue una tragedia doméstica. Compré una cortina blackout y resolví el problema. Imagino que la industria textil japonesa prospera con estas necesidades. Otro detalle: las paredes. Se escucha todo. Todo. Pero, por fortuna, los vecinos son tranquilos.

Y, desde luego, los muebles no están incluidos.
La primera noche, volví del congreso y me recibió una habitación vacía. Dormí en el suelo, abrazado por la madera japonesa. Al día siguiente llegó la cama. Luego, los electrodomésticos. La primera semana fue una coreografía de viajes, bolsas y descubrimientos. Es impresionante la cantidad de objetos que uno necesita para vivir con un mínimo de comodidad.

Quisiera cerrar esta entrada con un breve agregado sobre las enormes dificultades que implica sacar la basura en Japón. Más allá de lo básico —sacar las bolsas los días indicados— hay que respetar una serie de normas estrictas. Primero, la basura incinerable y la no incinerable deben ir en bolsas diferentes. Las botellas de vidrio, las latas y las botellas de plástico también se separan, y el cartón tiene que salir bien atado con una cinta. Además, cada tipo de residuo se recoge en un día distinto del mes; aprendételos bien, porque si acumulás mucho cartón y se te pasa la fecha, vas a tener que guardarlo en casa hasta el mes siguiente. Ni hablar de los electrodomésticos: si tirás uno, tenés que pagar un monto considerable para que lo retiren. Todo un tema. Cuando vivía en Argentina, no valoraba el servicio a la sociedad que prestan nuestros amigos cartoneros.


Eso es todo, por ahora.

Sé que muchos están en pleno proceso de postulación para las becas del año que viene. Quizás pronto comparta algunas guías para quienes desean presentarse en base a las preguntas que suelen llegarme. Estas semanas estuve ocupado con la mudanza, pero ahora que me asenté, podré retomar plenamente lo que vine a hacer. Seguramente escriba más seguido.

Gracias por leer y nos vemos en la próxima.